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pife de la imágen… Que el virey ha vivido y vive engañado en muchas cosas de aquella tierra, y que conviene mucho que con brevedad S. M. ponga el remedio que tanto dosórden y desvergüenza pide.»
XI,.
Ni pararon aquí estos escesos. Alentados los revoltosos por la córte, y muy principalmente por el rey, continuaron devastando el territorio del condado y combatiendo encarnizadamente contra los oficiales del duque de Villahermosa.
Seria tarea bien larga ocuparnos do todos los trances de esta lucha, que por tan largo tiempo mantuvo en continua zozobra aquella parte de Aragón. Toda la montaña, desde Benabarre hasta los valles de Hecho y Ansó, ardia en ^bandos y en horribles y frecuentes venganzas. Así continuaron las cosas hasta que, decidido ya en el ánimo del rey que el cond do de Ribagorza fuese incorporado á la corona, como~así se realizó en 0 de marzo de 1591, recibió en cambio el duque de Villahermosa las encomiendas de Bcxís y Castel de Castells, de la órden de Calatrava, en el reino de Valencia, con la jurisdicción alta y baja, mero y misto imperio, de la misma manera que la tenia la orden de Calatrava.
Así acabaron estas desastrosas alteraciones, precursoras de aquellas otras mas famosas que agitaron despues á todo Aragón, y que tanto debilitaron las libertades y fueros de este reino.
Reconocieron estas por origen, como todos saben, ci haberse acogido al reino de Aragón Antonio Perez, ministro de Felipe II, que habia disfrutado de su privanza, y que por sus relaciones con la princesa de Eyoli cayó de su valimiento y fué reducido en Madrid á una prisión, de donde escapó para acogerse álos fueros y franquicias del reino de Aragón. No nos toca referir la série de sucosos que con este motivo acaecieron entonces entre Antonio Perez, apoyado decididamente por casi todos los aragoneses, y el rey D. Felipe II, que por todos los medios querían vengarse de su antiguo favorito y ministro.
Cuando las cosas llegaron al estremo de un rompimiento entre el monarca y las fuerzas de Aragón mandadas por el Justicia, una de las ciudades que mas valientemente se colocaron al lado de este último fué la de Jaca, que respondió á la convocatoria por órgano ‘leí Justicia y jurados do aquella ciudad con estas notables palabras: «Que estaban aparejados á cumplir lo ordenado y con mucha voluntad, y con el ánimo, celo y valor que Jaca ha acostumbrado, y nuestros antepasados como tan celososlo hicieron, acudiendo esta ciudad (los que en ella somos) con sus vasallos y aldeas, y moriremos por conservar los fueros y leyes de este nuestro reino.» De igual suerte los jurados y consejos de las villas y valles de Bielsa, Puértolas y Gistain contestaron también diciendo: «Enviamos la gente de estas universidades, con sus caudillos muy bien aprestada para ver de servir á VV. SS. para el efecto.»
Hacemos constar estos dos hechos porque son honrosos para la montaña de Aragón, que conoció que el punto á que. se encaminaban los esfuerzos de Felipe II
y de su corte, era destruir las antiguas leyes y libertades de aquel reino. No siguieron igual conducta algunas otras ciudades y villas de la provincia, que resueltamente se colocaron de parto de las tropas reales.
La entrada de Antonio Perez en Zaragoza; el afán con quo se acogió á la manifestación; la manera con que fué sacado de la cárcel de los manifestados á la de la Inquisición; las graves alteraciones á que esto dió lugar en Zaragoza; la actitud decidida con que allí le favorecieron todas las clases desde las mas encumbradas hasta las mas humildes; los esfuerzos que el autíguo ministro en su lucha contra Felipe II hizo para identificar su suerte con la de los fueros de Aragón; la entrada del ejército de Castilla en Zaragoza, y otro gran número de sucesos que por entonces y con este motivo se realizaron, aunque tuvieron una influencia decisiva en la suerte de todo aquel reino, no deben ser mencionados aquí, donde solo se trata de lo que á la provincia de Huesea se refiere.
XLI.
Muerto el Justicia de Aragón, D. Juan do Lanuza, y estando Zaragoza en poder del general castellano Alonso de Vargas, huyeron los mas comprometidos, y al frente de ellos Antonio Perez, á Bearne, donde se acogieron al favor de la princesa Catalina, hermana, de Enrique IV.
Andaban por aquel entonces muy alterados los ánimos en Francia, con motivo de la lucha entre católicos y protestantes. Felipe II, que auxiliaba decididamente á los primeros con armas y recursos, y que pensaba también apoyarlos con numerosa fuerza, comprendió bien pronto todo el daño que Antonio Perez pocha hacerle si revelaba á Enrique IV, entonces su enemigo, la. manera hábil de estorbar sus planes é introducir la guerra y la discordia en el seno de su mismo reino. No se equivocaba en este punto, porque la primera proposición que hizo Perez, con los demás que lo acompañaban, fué la de sublevar á Aragón contra el monarca de Castilla. Acogió benévolamente la princesa este proyecto, y poco tiempo despues D. Martin de Lanuza, que era uno de los nobles que mas se habían distinguido en favor de Antonio Perez en los pasados trastornos, invadió á Aragón y se apoderó de Sallen al frente de un golpe de bearneses.
Ocupado Sallen, trataron los invasores de estejider-se por todo el valle de Tena, que constaba entonces de once lugares, pero sin otros moradores quo los ancianos, niños y mujeres, porque los demás, ó estaban cuidando de sus ganados en la tierra llana, ó ejercitaban el tráfico que acostumbraban en los lugares inmediatos de Bearne. Este valle, cerrado por altísimas sierras, termina en la parte de España en un paso estrecho junto al santuario ó iglesia de Santa Elena. Hácia este punto se dirigieron las fuerzas deD. Martin de Lanuza y las de Gil de Mesa, el mejor y mas antiguo amigo de Antonio Perez, que se habia unido el primero en aquel di a.
Oponíanse á esta fuerza sobre 200 montañeses mandados por D. Francisco Abarca y por otro cal-
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