Página 75
razadamente obrar su caballería, que aventajaba en mucho á la délos carlista?.
Un bien sostenido fuego de guerrilla di<5 principio á aquella acción, que á muy poco la convirtió el intrépido León en uno de los combates mas horribles y sangrientos. Impaciente este atrevido y temerario jefe por no poder tornar parte al principiar la acción, dejóse, como acostumbraba siempre, arrastrar mas por su arrojo quo por su prudencia, y á la cabeza de un escuadrón de coraceros de la Guardia se arroja, lanza en ristre, sobre las fuerzas de los enemigos, empeñándose una lucha cuerpo á cuerpo de las mas sangrientas de nuestra guerra civil. León, con el arrojo y denuedo que le distingue su brillante historia, cayó como una furia sobre lo mas grueso del ejército enemigo, dando muerte hasta once de estos, y hubiera seguramente infundido él solo miedo y espanto en las fuerzas de D. Cárlos, si una bala enemiga no hubiera privado do la existencia á aquel valiente y arrojado militar. Los mismos enemigos quisieron en su muerte dar una prueba de distinción y deferencia, disponiendo el coronel carlista D. Tomás Reina que se le diese sepultura con la solemnidad posible en tales circunstancias.
XLVI.
La muerte del intrépido León exacerbó en estremo el belicoso carácter de Iribarren, y se decidió á vengar á todo trance la irreparable pérdida que acababan de sufrir las filas liberales. Las condiciones, sin embargo, no podían ser mas desventajosas para Iribar-ren. La caballería, único cuerpo en que podían los liberales tener alguna esperanza de salir victoriosos en tan reñida acción, so hallaba casi imposibilitada de maniobrar, efecto de los grandes lodazales que en aquel campo habia. Tanto los caballos de los coraceros, dice un escritor moderno, como las acémilas que conducían la artillería, se sumergían hasta los pechos, ocasionando esto el que se apoderaran de aquella un batallón de argelinos.
A pesar de este descalabro y de los graves inconvenientes que por parte délos liberales habia en continuar la acción, Iribarren, llevando como León su valor hasta la temeridad, no ceja en su propósito, y es-poniéndose ó ser todos sepultados en los. pantanos y lodazales que cubrían todo aquel campo,- se pone al frente de un escuadrón, y con un arrojo temerario é imprudente, se lanza en medio de dos batallones y un escuadrón carlistas. El enemigo, al verse tan brusca é inesperadamente acometido por tan escaso número, dudó por un momento la actitud que debería tomar, y últimamente, no desmintiendo que eran defensores de T). Gárlos, se rehacen de la primera sorpresa y se empeña un combate cuerpo á cuerpo, el mas horrible quizá que cuente la historia de nuestra guerra civil. La acción, dice el historiador citado, se generaliza, crece su encarnizamiento, son constantes las repetidas cargas de caballería y á la bayoneta, ahogan los ayes de los heridos el chocar de los hierros y enrojécese el campo con la sangre de tantos valientes.
Todos los liberales que pudieron escapar de aquella
horrible matanza se dirigen frenéticos y desbandados por las calles de la ciudad de Huesca, para matar en su mismo alojamiento á D. Cárlos, siendo to ¡os vícti mas en las calles de la ciudad de su arrojo y heroísmo. Quedó, pues, la victoria en favor de los carlistas, aunque con pérdidas de gran consideración, pues el número entre muertos y heridos le hacen subir hasta 2,000 hombres do uno y otro bando, contándose entre los primeros al esforzado Iribarren, que al dia siguiente de aquella encarnizada lucha murió en Almu-devar á consecuencia do las heridas que recibió durante el combate, con sentimiento general y profundo de los liberales y de la patria entera quo acababa de perder á uno de sus mas valientes y pundonorosos hijos. Los carlistas, si bien no dejaron eu el campo ningún jefe superior, tuvieron, sin embargo, entre los heridos al brigadier T>. Pascual Real y á los coroneles Puértolas y García Segovia, que fallecieron á los pocos dia’s. Esta importante y para siempre memorable victoria de Huesca, diéroula á conocer los carlistas con una condecoracion á los vencedores en Huesca, y con la sig-uiente envalentonada alocucion del infante don Sebastian Gabriel:
«Soldados: El enemigo, que no se atrevió á impedir vuestra magestuosa marcha, creyéndoos rendidos pollas privaciones y el cansancio, cayó de repente sobre vosotros la tarde del 24. Este cobarde esperaba sin duda la victoria de vuestra fatiga, y las ventajas que le ofrecía el terreno para su numerosa caballería y artillería. Sus granadas, que son para vosotros el toque de generala, os anuncian un nuevo campo de gloria á donde os conduce – vuestro valor. Visteis al enemigo, y parando con firmeza el ataque, le recha–zais: un momento despues le arrolláis: hacéis desaparecer su artillería; corréis en pos de sus mejores tropas, que quedan destrozadas, y la noche pone un término á su ignominia y un freno á vuestro denuedo.
»Soldados: El rey nuestro señor, testigo de tan bravo comportamiento en esta batalla, me manda os dé las gracias en su real nombre. Vuestro general cumple este mandato con la satisfacción que inspira el convencimiento de que lo meroceis, y la seguridad de que siempre sereis los mismos en ol campo del honor, mientras llega el venturoso dia, que no puede estar lejano, de colocar en su trono al legítimo monarca de Castilla.—Real de Huesca, 26 de mayo de 1837.— Vuestro capitán general eu jefe, el infante D. Sebastian Gabriel.»
XLVII.
Varias y muy juiciosas observaciones se han he:r. : sobre las disposiciones mas ó menos acertadas de I:; jefes carlistas, así en la batalla de Huesca como en -i de Barbastro, que siguió á aquella. La rivalidad déla envidia mas que de ninguna otra causa, n-r-í siempre en esta clase de empresas, hizo que nar_rtl-mente impugnaran unos lo que otros defendían ce raí lo mejor y mas conveniente, viéndose con ostím—: -en los consejeros de D. Cárlos, mas que am.r y :::: deseo á la utilidad déla causa, decididoapoy: si jtü-rés personal propio ó al de los amigos y
E

