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de se ven aun las ruinas de un histórico edificio llamado la Torre de Gracia, partieron las tropas isabelinas, en el órden que acabamos de indicar. Cuando dieron cima al monte y llegaron á la altura de la torre de que hemos hablado, y dirigieron su vista sobre el vasto y risueño panorama, e:i el que debian medir sus armas con las que el rey acaudillaba, creció de punto el entusiasmo de los liberales, y parecíanles siglos los momentos que retardaban el combate.
El buen deseo engañó en esta ocasion á los esforzados isabelinos. A un Cuarto de legua próximamente de la Torre de Gracia, donde se hallaban las tropas liberales, vóse una cordillera de no mucha elevación, en la cima de la cual hay una ermita que se llama de la Virgen del Pueyo. Varios olivares pueblan las cercanías de esta ermita. Ocultos entre las ramas, observaban los carlistas la actitud del enemigo, y se preparaban á dar sobreseguro un gol pe fatal á las fuerzas del general Oráa. Empezando estas su movimiento, observó el general en jefe que solo un corto número do car listas se adelantaba al combate, viendo ápoco despues que salían de la ciudad de Barbastro, por el camino de Graus, gran número de tropas y equipajes del enemigo. La columna de la izquierda da entonces una fuerte y rápida acometida hácia la ermita de la Virgen del Pueyo , en vista de la cual los carlistas abandonaron su posicion, que fuá inmediatamente ocupada por el brigadier Conrad. Mandósele á este entonces, por el general en jefe, que adelantase el ala izquierda para ponerse mas cerca de la columna del centro, y unidas se dirigiesen hácia Barbastro por el estribo, resguardadas por la cordillera que desciende á esta ciudad. Los carlistas, entre tanto, apenas daban señales de hostilizar al enemigo.
Un movimiento simultáneo de la izquierda y del centro, ejecutado con órden y rapidez, debiera hacer á Conrad dueño de la posicion que se le habia designado. Pero el enemigo, que todo lo observaba y que sabia muy bien hacer uso de la cstrateg-ia militar, aparece como pof^encauto, multiplicándose por todas partes, y empieza un nutrido y certero fuego sobre los isabelinos, que se vieron obligados, bien á su pesar, á retroceder espantados de aquella inesperaday formidable embestida. Los carlistas, al ver esto, suben con numerosas fuerzas de infantería y caballería sobre el terreno que precipitadamente y con gran desórden abandonaba el centro liberal, y quedaron en breve dueños del campo.
Alentados con aquella victoria, se preparan á dar un golpe vigoroso y decisivo al centro de las tropas liberales; pero estas, un tanto repuestas de la anterior sorpresa, se revuelven contra la facción con un denuedo y decisión imponentes, ordenando al punto el brigadier Villapadierna que los escuadrones del 4.° de ligeros cargasen á los carlistas.
La carga, en efecto, diéronla los escuadrones con un arrojo y valentía sin igual; pero los carlistas, que en esta ocasion comocn tantas otras querían darprue-bas de su valor y su’desprecio á la muerte por la causa que defendían, no solamente resistieron el ímpetu de aquellos escuadrones, sin retroceder un solo paso, sino que los deshicieron y pusieron en precipitada fuga, te-
niendo que ir á refugiarse al escuadrón 6.° de ligeros que formaba su reserva.
Esta derrota en las tropas de la reina agravó en estremo la situación de los liberales. El general Oráa, avergonzado y temeroso de la victoria de los carlistas, se pone al frente de la segunda línea y de la caballería de la izquierda y del centro, dispuesto á morir entre el fuego de los enemigos, ó á recobrar su honor y gloria tan gravemente comprometidos.
Los nobles deseos do Oráa iban á cumplirse; los escuadrones de lanceros de la Guardia, Húsares y Borbon caen con grande estrépito y saña contra las tropas carlistas, que se defendían de una manera heróica; pero al fin aquellos lanceros redoblan y multiplican sus esfuerzos, y despreciando toda clase de peligros, obligan al enemigo á dejar el campo que acababan de ocupar, y replegarse á sus antiguas posiciones. Desde aquí los carlistas se hicieron fuertes con un nutridísimo fuego; y entonces los batallones del Rey, del Infante y 2.° de fusileros de Aragón se dirigen lentamente contra ellos en gruesos pelotones y haciendo pocos disparos, en tanto que el batallón de la Princesa da una horrible carga á la bayoneta que lo hace dueño del boquete en que apoyaban su posicion las fu erzas de D. Cárlos. Los batallones de Córdoba y Almansa se dirigen á reforzar el centro, auxiliándoles los cazadores y lanceros de la Guardia, y con esto aseguran los movimientos libresy desembarazados del esforzado batallón.
Mientras que el combato se restablccia en la derecha y en el centro, hallábase á punto de ser envuelta’ la izquierda por las fuerzas de D. Cárlos; y ciertamente que así hubiera sucedido sin la previsión y arrojo del valiente brigadier Conrad. Dispuso este, en efecto, que un escuadrón contuviese al enemigo, y ordenó entre tanto que adelantase su primera línea, compuesta del 2.° regimiento de la Guardia Real de infantería y de un batallón de Africa; pero hallándose estas fuerzas en inminente peligro por haber cu su avance apar-tádose demasiado del resto del ejército, dispuso prudentemente Conrad que retrocedieran, para lo cual so habían ya escalonado cuatro compañías de la legión francesa, que protegieron este movimiento. Nunca imaginóse Conrad que, al dar esta disposición, preparaba una derrota completa y su misma muerte. Aquellas cuatro compañías de la legión francesa, en lasque el valiente brigadier depositaba su confianza para llevar felizmente á cabo su movimiento, huyeron cobarda y vergonzosamente al primer empuje délas fuerzas carlistas, sin que el ejemplo heróico de todos sus jefes pudiera atraerlas al cumplimiento de sus deberes y do su honra, indignamente manchados. Conrad, dicho se está, no desmintió en esto, como en ninguna otra ocasion, su valor y pundonor militar: e. desprestigio que á las tropas liberales pudiera oca?:: -nar la cobardía de las compañías francesas, convir::: Le Conrad, con su heróica y para todos sentida mu^r: -en un acto mas de valor y gloria para las tropa? ií Isabel II.
Un último esfuerzo quiso intentar el brig.. • Van-IIalen al frente del segundo batallón de la G.ir-dia Real, secundando sus esfuerzos los demás zarpes
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