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fci’ian realizólo zot s; >:’:s tantas y tan grandes co-s.i?. eran ya, no solamente hermanos, sino que estaban identificados en nna misma suerte, y obedecían á un mismo impulso y á un idéntico espíritu de nací i^aliíad. Xo se comprende bien cómo este hecho, s. t luces tan importante, no desperté, ya desde el ptiaripi :>, temores y disensiones en los demás reinos n jue entonces estaba dividida 1a. Península. Por maestra parte creemos, y esta es una opinion que aventáramos con desconfianza, por sor propia, q uc si li Constitución aragonesa, y en este punto también li ir Cataluña, no hubiera limitado por tantas partes -i antori laJ.de los monarcas, los reyes de Aragón, á partir ie esto suceso, hubieran sido los destinados á absorber la monarquía de Castilla, y con ella la de k<s i-más dominios de España; tal y tan grande era 7>:r entonces el poder que con la unión de ambos reinos alcanzaba el heredero del conde de Barcelona don Ramón Berenguer IV.

Reconocido Alfonso II por rey de Aragón y Cataluña, pasó á Zaragoza, donde en Cortes celebradas con asistencia de todos los que á ellas debian concurrir y de los procuradores de Huesca, Jaca, Tarazo-na, Calatavud y Daroca, juró que de allí adelante, hasta el dia en que fuese armado caballero, echaría del reino á cualesquiera que no diesen y entregasen las tenencias y castillos de la corona; lo cual juraron á su vez todos los ricos hombres y procuradores hacer guardar y cumplir. Afortunado en sus guerras Alfonso II, y alcanzando mayores triunfos siempre con los moros de Valencia y Murcia, consiguió libertar definitivamente á su reino del feudo que sus predecesores reconocían á la monarquía castellana. Murió el rey D. Alfonso en Perpiñan (abril 1196), v sus restos mortales fueron conducidos al monastcrioPoblet, desde cuya época fué dedicado á sepulturas de los reyes de Aragón, como lo habia sido hasta entonces el monasterio de San Juan de la Peña.

Al mes siguiente, el infante I). Pedro, que en la disposición testamentaria habia sido nombrado heredero universal de Aragón, Cataluña, Rosellon, Pallas y demás Estados, desde Bitierres hasta el puerto de Aspe, confirmó en Zaragoza los fueros, costumbres, usos y privilegios del reino de Aragón, hecho lo cual, ordenó sus gentes de armas para socorrer al rey de Castilla, cuyos Estados andaban acometidos por el de León y por el emperador Aben-Yussuf.

Despues de haber arreglado D. Pedro II las disensiones que mediaban entre él y su madre doña Sancha, caliendo álas ideas teocráticas que entonces impera-tan. concibió el pensamiento de ser coronado por maso del Sumo Pontífice, como de quieu representaba ambas soberanías en la tierra. Determinó, pues, hacer so viaje á Roma, y llegado allí, recibió con gran — r-a y solemnidad la corona de manos del Papa, t – insignias reales y la espada con que fué armado caballero. Agradecido el monarca, juró ser siempre Sd y obediente al Soberano Pontífice y á sus católicos ■asesores, ofreció su reino á la Iglesia romana, hacién-& í perpetuamente censatario de ella, y obligándose ¿ t-i-rir.r doscientos cincuenta maravedises de oro de írl: -to :¿ia un año. El Papa otorgóle, en cambio, el

que i js reyes de Aragón pudiesen” en adelante coronarse en Zaragoza por manos del metropolitano de Tarragona; cedióle además el derecho de patronato que tenia en todas las iglesias del reino; nombróle alférez mayor de la Iglesia, y ordenó, que en honra de la casa real de Aragón, los colores del estandarte de la Iglesia fuesen en adelante los de las armas reales, que eran el amarillo y encarnado. El historiador Blancas refiere, á proposito de esta coronacion, un hecho que merece ser trasladado, como prueba del espíritu general de aquellos tiempos. Los Papas ponion la corona en las sienes de los príncipes, no con las manos sino con los piés, como señal de la servidumbre de los príncipes al poder espiritual de la Iglesia. Sabíalo esto el rey D. Pedro, y valióse de un ingenioso ardid para que el Papa lé pusiese la corona de una manera menos depresiva para la dignidad real. Mandó D. Pedro hacer una corona de pan cenceño que adornó con muchas y ricas piedras preciosas, y de esta suerte, por respeto á la materia de que la corona era hecha, consiguió que el Pontífice se la pusiera con las manos.

Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que tan pronto como regresó el rey á Aragón, impuso á todo el reino, sin esceptuar á los infanzones , para indemnizarse de los gastos de su viaje á Roma, el tributo llamado monedage, que consistía en un tanto por cada moneda. Este nuevo impuesto, y la cesión hecha por D. Pedro al Soberano Pontífice, fué de las mas graves consecuencias para su propia suerte y para el porvenir de su reino.

Negáronse los aragoneses á satisfacer tan injusta gabela, y mucho mas aun á sancionar la servidumbre en que habia colocado al reino respecto al jefe de la Iglesia. Toda la independencia del carácter aragonés, toda la fiera altivez de aquella aristocracia tan amante de sus derechos, y todas las fuerzas de aquella constitución tan por todo extremo hecha para contener y refrenar las arbitrariedades de los reyes, estallaron, por decirlo así, en aquella ocasion, contra los actos impremeditados e imprudentes del rey D. Pedro. Negábanle, y con razón, que estuviera facultado para disponer de la suerte de su reino; echábanle en rostro que habia malogrado los esfuerzos de tantas generaciones para conseguir su independencia, y acusábanle de haber destruido las libertades y derechos del pueblo.

A todos estos cargos escusábase el rey con que no habia sido su intención renunciar los derechos del reino, sino solamente el suyo propio y personal, distinción pueril é inmotivada, que dió luga¡r mas adelante, como veremos, á que uu Pontífice fuera osado á privar de su reino á otro rey de Aragón, como subdito y vasallo que lo consideraba de la Iglesia. Turbáronse á consecuencia do todo esto los ánimos, y fué entonces cuando sonó la primera vez la palabra unión, que tan terrible é importante papel representa despues en la historia del reino. Tardó no poco tiempo encalmarse el justo temor de los aragoneses, que al fin negaron el pago del tributo á la Iglesia; pero quedó desde entonces introducido el derecho que llamaron de coronacion, que lo pagaban ciertas universidades y comunes en unión con los villanos.

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Capítulo 4.- Reseña histórica desde D. Alfonso II, rey de Aragón, hasta la unión de Aragón a Castilla | publicado por admin el Sunday 25 October 2009 a las 4:52 PM
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