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el cual con numerosas huestes, compuestas de cstran-jeros, catalanes y aragoneses, se hizo fuerte en Bala-guer. Decidido el rey á acabar con este semillero de perturbaciones y discordias, marchó al frente de un lucido ejército, á encontrar al de Urgel, dispuesto á castigarle tan severamente como por sus pasados yerros merecía. Mucho tiempo duró el sitio de Balaguer, y heróica fué la resistencia que esta ciudad opuso al rey Fernando; pero vencidos al fin ios que seguían al pretendiente por el hambre, las enfermedades y el esfuerzo de aragoneses y castellanos, no tuvieron mas medio que rendirse, apelando á la generosidad del vencedor. El conde de Urgel alcanzó el perdón de su vida, gracias á la intercesión de su esposa la condesa: pero vencido, humillado y culpado por todo el reino, como causa principal de las desgracias que habían ocurrido, pasó por el dolor de verse procesado, y fué encerrado en un castillo, donde á poco tiempo murió.
Don Antonio de Luna que se habia hecho fuerte en su magnífica fortaleza de Loharre, mas cauto que el de Urgel, escapó ápaís estranjero,” en donde también terminó desgraciadamente sus dias.
Así concluyeron las luchas y discordias á que dió lugar el nombramiento de D. Fernando el de Castilla.
XXX.
Prescindiendo de la cuestión de derecho, punto acerca del cual todavía es discutible de parte de quien estaba el mejor, si déla del infante D. Fernando ó de la del conde de Urgel, es indudable que este hubiera alcanzado la corona de Aragón, si no hubiera sido por la larga serie de imprudencias y de perturbaciones que llevó á cabo. Quería el país, y bien claras muestras dió de este deseo, terminar la sucesión á la co-rona de una manera pacífica, sosegada y con sujeción á principios de estricta justicia. El conde de Urgel, incapaz de comprenderla grandeza de este propósito, y valido de su popularidad y de sus grandes recursos, principió por disgustar con sus asonadas y revueltas á los catalanes, encendió una lucha cruel entre los aragoneses, y llevó el luto al reino de Valencia con la lucha de las dos mas nobles familias de este hermoso país. Así solo se esplica que su pretensión, qué tantos parciales tenia cuando falleció D. Martin, fuera fácilmente destruida por la palabra de San Vicente Ferrer, que no necesitó mas que ponderar las virtudes y el carácter recto y justiciero de D. Fernando para que todos, olvidándose del de Urgel, volvieran los ojos al nuevo rey con tanto amor como respeto.
A pesar de esto, fuerza es confesar que nunca fué muy querido D. Fernando de los catalanes, los cuales ó por amor al de Urgel, ó porque llevaban á mal que un infante de Castilla ocupara el trono de los Beren-gucres y de los Jaimes, demostraron mas de una vez, y de una man era tan franca comoaltiva, su descontento hácia el nuevo monarca. Esta hostilidad creció, cuando los catalanes vieron que el rey no profesaba el mayor respeto á sus antiguos fueros y libertades. Un conseller de Barcelona, Siveller, le dirigió una ruda acusación sometiéndose de antemano á espiar con
la vida su noble franqueza. Perdonóle el rey; pero aquella misma noche salió de Barcelona acompañado únicamente do unos pocos fieles servidores con ánimo de no volver á pisar jamás aquella tierra. Así sucedió en erecto, porque á las pocas horas estando en Igualada, sintióse enfermo y allí murió en lo mejor de su edad, pues apenas contaba treinta y siete años, y cuan-. do sus virtudes, su talento, la fortaleza y benignidad j de su carácter habían hecho concebir la esperanza de | un reinado venturoso para los reinos sujetos á la coro-| na de Aragón, i ‘
XXXI.
I
Los dos reinados siguientes de D. Alfonso V el Magnánimo y de D. Juan II el Grande, es punto menos que imposible sujetarlos á una reseña tan lijera y breve como la que vamos haciendo de los reyes de Aragón. La espedicíon de D. Alfonso á ííápolcs, los ‘ triunfos que alcanzó y las vicisitudes que tuvo que j esperimeutar en aquel país, las victorias que on el i reino de Túnez alcanzó sobre los moros, las alianzas, confederaciones y guerras en que tomó parte ó intervino con motivo do los asuntos do Italia, sus desavenencias con el Papa Calisto III, su coronacion como rey de Mpoles, y tantos otros sucesos de gloriosísima memoria, son imposibles de enumerar, cuanto menos de describir, á no ocupar un espacio de que no podemos disponer, dada la naturaleza de esta crónica y el fin que nos hemos propuesto.
Lo mismo podemos decir del largo reinado do don Juan II el Grande, que abraza desde 1435 á 1479. Nada hay en ninguno de ambos reinados que se refiera directa é inmediatamente al estado de la provincia de Huesca: confundida esta on la suerte y en la vida general de Aragón, guerreaba’en Italia con Alfonso el Magnánimo, ó ayudaba con sus simpatías al noble y desgraciado príncipe de Viana en tiempo de don Juan II. De cualquiera suerte, seria un tiempo ocioso y perdido para el esclarecimiento de lo que á la provincia de Huesca so refiere, el que empleáramos oti historiar estos dos grandes reinados con que cierra, por decirlo así, su brillante y magnífica carrera el reino de Aragón.
Una nueva época so inaugura. Por una sério do sucesos que podríamos llamar providenciales, Aragón únese primero coa Cataluña, poco despues con Valencia, mas tarde con el reino de Mallorca, y ahora, por otro hecho no menos providencial, se prepara y facilita la unión de todas estas coronas con la no menos rica y poderosa de Castilla.
Acaso nos hemos detenido mas de lo que es justo en historiar una série de reinados y un gran número do hechos , de los cuales podía prescin-dirse para la historia de Huesca; pero hemos creído que nuestros lectores no podrían comprender bien la índole y el carácter de la constitución política y social que la provincia de Huesca disfrutaba como una de tantas en el reino de Aragón, si no dábamos á conocer antes esos hechos generales que reflejan mí -jor que nada la vida entera de aquel reino, que llc-g:” á ser, por el esfuerzo y el valor de sus hijos, uno de los
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