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caprichosas é irregulares líneas, síntoma cierto de la agonía de aquella arquitectura. Esta obra pertenece sin duda á los tiempos del obispo D. Juan de Aragón, que cubrió de bóveda el templo, á principios del siglo xvi.

A su derecha descuella con gracia la torre de las campanas, cuadrada en el primer cuerpo, octógona en. el segundo, y rematando en el tercero con un capitel insignificante. Siguiendo el esterior del edificio, se admira su gran muro, y se eleva la vista hasta los bo-tareles piramidales que sirven de estribo á sus 28 naves. En el flanco derecho de la iglesia hay puerta lateral de un gótico puro y sencillo, cuyo arco ocupan, en el fondo, el Crucificado con la Madre y el discípulo, un lado de él Las Tres Marías, y el otro un ángel sentado sobre el sepulcro.

El interior del templo presenta mas unidad. En medio de las dos sombrías naves laterales, se eleva la primera hasta 123 palmos de altura, cortada eu cruz por el ancho crucero quo, igual á ella en dimensiones y formas, ocupa en sus dos brazos toda la anchura de las primeras y la profundidad de las capillas, habiendo en todo esto un gusto, pureza y uniformidad quo encanta. Para estas bóvedas dió el prelado D. Juan de Aragón y Navarra 1,500 florines de oro, y las vió terminadas en 1515.

En el fondo del presbiterio destaca el sorprendente retablo, obra deDamian Forment, en 1500, que le costó trece años de trabajo, y 1.100,000 sueldos al cabildo. El primer cuerpo descansa sobre un basamento plano, y forman el primer órden siete relieves que representan los amargos trances con que inauguró su pasión el Redentor: la Cena, la Oración en el Huerto, el beso de Judas, la flagelación, la coronacion de espinas, el Ecce Homo y la presentación á Herodés. Encima de cada uno de estos pasajes hay dos apóstoles; el Salvador domina el centro, y sobre dos puertas laterales, se ven Lorenzo y Vicente á quienes su patria asocia siempre al apostolado. Remata este pedestal un elegante friso que siíve de base al cuerpo principal, dividido en tres compartimientos, ocupados por tres grandes cuadros de relieve entero, de los cuales el del centro retrata la sangrienta escenadel. Calvario, y los dos laterales á Jesús con la cruz á cuestas y el Descendimiento de la Cruz. Tal es la obra de Forment, que no siempre es modelo de pureza gótica, pues que el gusto plateresco empezaba ya á tener en laPenínsula alguna preponderancia.

En el centro de la nave principal se encuentra el coro, ocupando el ancho de dos arcadas. El trascoro en forma de altar, coronado por la cstátua de la Fé, con un crucifijo en el centro y á los lados San Lorenzo y San Vicente, contrasta desagradablemente por su gusto moderno greco-romano y el colorido de su pintura con el conjunto del templo. No así los lados este-riores del coro que, aunque sin mas adornos que dos arcos ojivos de sus cuatro capillas y el balaustre que las corona, conservan su primitivo carácter de cuando en 1402 trabajaba dentro de su recinto la antigua sillería Mahoma de Borja, uno de los artistas sarracenos que empleaban su génio en honor del cristianismo. Poco digna esta obra de la riqueza del templo, no tar-

dó en ceder el puesto á la actual, empezada por Nicolás de Vcrástegui en 1587 y concluida en 1594 por Juan de Verrueta, costando, según las notas de Gerónimo Pilares, 6,390 libras jaquesas las 85 sillas del coro y donacion a! mismo Verástegui de la sillería vieja. A lo largo de cada nave lateral hay cuatro profundas capillas cuyos altares contienen buenas pintnras. En una de ellas se venera el Santo Cristo de los Milagros, y en otra subterránea las estátuas del canónigo Oren-cio Juan Lostanosa y de su hermano Juan Vicente.

Entre otros varios documentos curiosos y dignos de un detenido estudio, se. con ser van Originales en la sala del cabildo las actas del Concilio de Jaca de 1063.

No podemos, al tratar de las capillas de San Lorenzo y de San Vicente en este edificio, resistir al deseo de copiar aquí los sentidos y delicados versos que á estos dos santos varones dedica el P. Murillo.

En vivas llamas ardiendo, con otras de puro amor, templa Lorenzo el dolor, del fuego en que está muriendo.

Y    como no le cumpliendo, iba por horas creciendo, siempre el ansia le aquejó, hasta que su cuerpo vió

en vivas llamas ardiendo.

Puesto en ellas cuando ardia, lo que mas le atormentaba, era ver que se acababa la pena que padecia, con la muerte que llegaba.

Y    así para que el dolor, con la violencia y vigor, no le hiciese morir luego, templó las llamas del fuego, con otras do puro amor.

. No por aliviar la pena, sino por mas alargalla; que cuando el querer templalla, á tan alto fin se ordena, es medio para aguartalla.

Y    quien entiende el primor, de estas finezas de amor,

y ve en sufrir tal denuedo, no juzgara que por miedo templa Lorenzo el dolor.

Antes verá que hay en él primores de enamorado, pues escoge como fiel, dilatar ver al amado, por padecer mas por él.

Que aunque el tormento es horrendo, como le está padeciendo, por Cristo á quien tanto ama, tiene por gloria la llama del fuego en que está muriendo.

Capítulo 8.- Reseña artísitica de algunos monumentos de la provincia de Huesca | publicado por admin el Saturday 24 October 2009 a las 2:34 PM
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