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pruebas de un valor cívico,, muy común- entonces, muy raro en nuestros tiempos, se estuvieron quietos en sus casas, y el duque los mand<5 poner presos en el castillo, sin que por ello desfalleciese el ánimo dé” aquellos dignos ciudadanos. Nueve años duré su prisión, y bien se alcanza que si resultaran culpables, no perdiera la ocasion de castigarlos el inexorable Felipe II; pero salieron libres en 1580 por mandamiento del mismo rey.

La lucha entre los poderes locales y el poder central fué por aquellos tiempos en estremo porfiada, especialmente en Aragón. No lograron los monarcas castellanos arrancar de cuajo el árbol sacrosanto de sus libertades sino que fueron arrancadas poco á .poco sus ramas, y no consiguieron verlo del todo despojado hasta el reinado de Felipe V, el primero de los Borbones, que acabé de quitarnos lo poco que los monarcas de la familia austríaca nos habian dejado, lo que Felipe II con su inmensa prepotencia no se atrevió á borrar completamente. Siempre que la autoridad real se extralimitaba en sus pretensiones, encontraba un fuerte valladar en las Córtes aragonesas. Así sucedió en las Córtes de Monzon que se celebraron en 1585. Renovada la cuestión de atribuciones de los presidentes de Teruel, el Justicia y sus tenientes, como jueces de las Córtes, pronunciaron solemnemente la sentencia que debia poner fin á tan largos debates. Las Córtes de Monzon decidieron que las ciudades ycomunidades.de Albarracin y Teruel podían acudir al Justicia como todos los aragoneses,- pero que no podían hacerlo en los casos en que se lo prohibiese algún fuero ó ley particular que los rigiese.

II.

La sentencia de las Córtes de Monzon no dejó satisfechos ni á los partidarios de la autoridad real ni á los defensores de los fueros. Cada cual la interpretaba á su manera cuando era menester aplicarla, y en tal estado las cosas llegaron las alteraciones y sublevación de Zaragoza de 1591 y 1592. El origen de aquellos ruidosos sucesos,- en que tomó una parte tan principal el célebre aragonés Antonio Perez, es harto conocido para que nos detengamos en relatarlo. Poco diremos del sangriento desenlance que tuvieron. Declarada la resistencia por el desgraciado D. Juan de Lanuza, y desbandados sus mal disciplinados tercios antes de combatir, entró D. Alonso de Vargas en Zaragoza con el ejército real sin que sus habitantes le opusieran resistencia. Tan pronta sumisión bien merecía la benignidad del monarca; pero el sombrío Felipe II no sabía perdonar, y ofensa que recibía no quedaba sin venganza. Cruelmente se vengó de los de Zaragoza, y de los de Teruel que también tomaron alguna parte en aquellas turbulencias. Los principales jefes y promovedores pagaron con la vida su amor á las libertades y fueros de su país. En Zaragoza fueron decapitados el Justicia mayor D. Juan de Lanuza, y algún tiempo despues Pedro Fuertes, Dionisio Perez, Francisco Ayerbe, D. Diego de Heredia y D. Juan de Luna. En Teruel fueron descuartizadas nueve personas en castigo de la muerte de los hermanos.Novellas,
que se habían mostrado propicios á la autoridad real.

Por mas que nos duela confesarlo, no debemos ocultar que los aragoneses permanecieron indiferentes á un movimiento que tuvo tan funestas consecuencia» para las antiguas libertades del reino. Las convocatorias dirigidas á las ciudades y villas, pidiéndoles el contingente de soldados con que debían concurrir para la formacion del ejército aragonés produjeron pocos ó ningún resultado. Unicamente respondieron al llamamiento del Justicia mayor, Daroca que envió 30 mosqueteros armados á costa de su comunidad, y Teruel que no pudo enviar nada, porque cuando sus magistrados se resolvieron á favorecer á Zaragoza, ya las tropas del rey entraban en Aragón y se desvanecía la resistencia que se había pensado oponerle.

Argensola, que escribió poco despues de los acontecimientos, nos ha trasmitido interesantes detalles sobre las conmociones de Teruel. Desde el momento en que fueron allí conocidas las convocatorias del Justicia, manifestó el pueblo, agitado’y conmovido todavíá. por los sucesos anteriores, un vivo deseo de tomar las armas y acudir á Zaragoza; pero tocaba la iniciativa* al regidor mayor D. Domingo Bengoechea, y la resolución definitiva á los regidores y supremo magistrado’ de la ciudad y Concejo. Desconfiaban los teruelanos do Bengoechea por creerle partidario de la córte, y era esta desconfianza harto fundada, porque el mismo no ocultaba su opinion contraria á que Teruel se mezclase en los asuntos de Zaragoza, por considerar tal intento en oposicíon abierta con los fueros de Sepúlveda.

Influido por el regidor mayor no se juntaba el Concejo ni se hacia nada en favor de la resistencia. Se aumentaban con esto la impaciencia y la irritación de los vecinos, cuyo ardor encendían los pasquines que aparecían diariamente en la plaza del Mercado y en otros lugares de la poblacion, acusando á los que “estorbaban la resistencia apetecida, escitando al pueblo en contra de ellos. Numerosos grupos leían y comentaban aquellos carteles con visibles muestras de complacencia, cuando atravesando la multitud, llegaron unos alguaciles y arrancaron los pasquines con la arrogancia insolente que es peculiar á los funcionarios de baja estofa. Aquella demostración fué la chispa que incendió los combustibles que estaban preparados. Cundió por entre la muchedumbre un murmullo sordo, precursor de las glandes conmociones, y luego se oyeron voces que decían «que en vez de quitar aquellos carteles, mejor seria ponerlos en letras de oro.» Huyeron los alguaciles entre amenazas y silbidos, estalló abiertamente la sedición, y perdida ya toda idea de temor y de respeto, se precipitaron lo.s grupos sobre las casas consistoriales, y se apoderaron de las armas que allí estaban guardadas.

Armado ya el pueblo, y arrastrados por la fuerza del movimiento los regidores, se celebró una junta para discutir y declararon la resistencia en conformidad á la convocatoria del Justicia de Aragón. Además de los magistrados concurrieron á la junta otras personas particulares que no pertenecían al Concejo. Presentáronse los hermanos Baltasar y Melchor Novella, ya fuesen de su propia voluntad para congraciarse con el pueblo, ya fatalmente impulsados por las- cir-

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Capítulo Capítulo 5.- Las comunidades, Segunda Parte | publicado por admin el Sunday 25 October 2009 a las 16:19
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