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Lo mas furioso de la guerra se emprendió por las. fronteras de Aragón, teniendo que resistir lo mas recio del empuje castellano las comunidades de Calata-. yud, Daroca y Teruel; y para proveer en lo que convenia á la defensa del reino, nombró en 1363 D. Pedro IV por capitanes de la comunidad de Teruel á D. Guillen Ramón de Ceruelo y un caballero que se decia García Ganosa, entrambos muy valientes y prácticos en las cosas de la guerra; y dispuáo que se derribasen los lugares y fortalezas de aquella comarca que no estuvieran en disposición de defenderse, y que la gente se guareciera en los lugares fuertes. Nombróse igualmente á D. Pedro, conde de Urge! y sobrino del rey, capitan general de la comunidad y ciudad de Teruel y del lugar de Monreal, que entonces era un punto importante y fortificado, y correspondía á la comunidad de Daroca.
No fué favorable la fortuna á los aragoneses en la campaña de 1364. Los castellanos, despues de tomará Calatayud, avanzaron rápidamente por Maluenda, Cervera, Alhama y Fuentes; subieron por el valle del Jiloca, y en «el dia negro y amargo de San Márcos» se presentaron ante las murallas de Teruel. Nueve dias duró el sitio, y se cuenta en los Anales que los castellanos tomaron la plaza el dia de Santa Cruz por tracto malo et falso, penetrando por la puerta que aun subsiste en frentedelos Arcos, que todavía cónservael nombre de Puerta de la traición, que las tradiciones populares le dieron. No se detuvo D. Pedro el Cruel en Teruel, sino que avanzó inmediatamente hácia el reino de Valencia, arrasando la Puebla y Sarrion, talando toda la tierra hasta Jérica y no deteniéndose liasta Valencia, de cuya plaza se apoderó igualmente. La ciudad de Teruel estuvo en poder d^los castellanos hasta el 5 de abril de 1367, que.cometieron sinnúmero de tropelías y exacciones antes de abandonarla. Ataron y dieron tormento á ricos y á judíos, y cargados de joyas y de dinero se fueron á Castilla por Cañete.
La muerte repentina del rey D. Martin, ocurrida en Barcelona el año 1410, produjo el célebre interregno que dejó abandonado el reino á grandes dificultades y trastornos, que por fortuna pudieron evitarse con la suma prudencia y esquisito celo por el bien público que demostraron los hombres de Estado de aquellos tiempos., El rey habia muerto sin dejar sucesión, puesto que su hijo único D. Martin, príncipe heredero de Aragón y rey de Sicilia, había fallecido un año antes. Presentáronse como pretendientes á la corona don Fernando, infante de Castilla, que’alfin resultó electo en el parlamento de Caspe; el conde de Prades; el duque de Gandía; D. Jáime, último conde de. Urg-el; el conde de Luna, y el duque de Calabria. Todos estos aspirantes alegaron sus derechos, al parecer incuestionables, puesto que todos descendían del rey D. Jáime II de Aragón. Presentaron cada uno su demanda ante el parlamento que se formó en Barcelona, que sucedió inmediatamente á las Córtes que allí estaban congregadas. El parlamento se declaró incompetente para resolver la cuestión, y manifestó que solo una congregación general de los tres reinos (Aragón, Cataluña y Valencia) podía resolverla.. Y sin dar lugar á nuevas dificultades y complicaciones, cerraron sus sesiones, nombrando una comision que pasara á Zaragoza á promover y realizar esta idea.
La comision ó embajada catalana encontró muy agitados los ánimos en la capital del reino. Cada pretendiente aspiraba á formarse un partido que sostuviera sus derechos, en caso estremo, por la fuerza de los armas, siendo los mas poderosos los que apoyaban al conde de Urgel y al príncipe de Antequera. La guerra civil parecía próxima á estallar, y hubiera estallado sin duda sin la iniluencia del arzobispo de Zaragoza, del Justicia mayor Cerdan y del célebre Berenguer de Bardají, que conferenciaron con los hombres mas importantes de entrambos bandos, y consiguieron que se reunieran las Córtes de los tres reinos en Calatayud. Pero ya desde las primeras sesiones surgió la-difícil cuestión de la presidencia, que no pudo decidirse en cuatro meses de debates y negociaciones. Para salvar esta dificultad, propuso Berenguer de Bardají que se nombrasen nueve personas que se encargaran ae determinar la forma en que debia reunirse la congregación general de los tres reinos. Nombráronse en efecto, y acordaron que el parlamento aragonés se convocara para Alcañiz, y qqelas Córtes de Valencia y Cataluña se reunieran en puntos próximos á la citada villa, pero ambas dentro de su jurisdicción respectiva.
Disuelto el parlamento de Calatayud, hubo graves alteraciones en Arag-on y en Valencia, promovidas por los partidarios del conde de Urgel, que eran muchos y de temple arrebatado. El arzobispo de Zaragoza fué asesinado por D. Antonio de Luna, y corrió la sangre y hubo gran mortandad en las calles de Valencia. Por fortuna la mayoría del país comprendió que no debia resolverse la cuestión dinástica en los campos de batalla, sino en las discusiones mesuradas de las Córtes. Despues de algunas dificultades, propias unas de las circunstancias, ocasionadas otras por los hombres, se verificó al fin la reunión del parlamento aragonés en Alcañiz, inaugurándose con gran pompa las sesiones el 10 de setiembre de 1411, al. mismo tiempo que las Córtes catalanas se reunían en Tortosa, y el parlamento valenciano en Trahiguera unas veces y otras en Vínaroz y Morella. No quiso reconocer el conde de Urgel la validez y legitimidad del parlamento de Alcañiz, y consiguió qué se convocara y reuniera otro en Mequinenza. Sin embargo, el de Alcañiz logró sobreponerse y ser reconocido por los de Cataluña y Valencia.
No concurrieron, sin embargo, los valencianos cuando llegó el momento de decidir las bases preliminares parala declaración del derecho á la corona : como los partidarios del conde de Urgel no soltaban las armas, y amenazaba una invasión francesa, y era urgente acabar ct>n aquel estado angustioso de cosas, tomaron los de Alcañiz .una resolución suprema. En la sesión de 15 de febrero de 1412, quedó definitivamente acordado que los parlamentos de Tortosa y Alcañiz eligieran en breve plazo nueve compromisarios que declarasen y fallasen sin apelación cuál de los pretendientes tenia mejor derecho; que los nueve se reunieran en Caspe, y que solo la espresada comision estaba facultada para hacer la elección y declaración del nuevo monarca. El
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