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cunstancias. Alborotóse el concurso con su presencia y sonaron voces apellidándoles traidores y pidiendo que fueran espulsados del local. No se opusieron los magistrados á esta petición, y los Novellas quedaron escluidos del Concejo; y arrojados con violencia, salieron á la calle acompañados de Francisco Guillen, Justicia ordinario de Teruel. Inútiles fueron los esfuerzos del Justicia para salvarlos. Cuajadas las calles de gente, estalló un tumulto al aparecer los desgraciados hermanos. Suplicó el Justicia que abrieran paso y los dejasen retirar pacíficamente, y no le obedecieron. Quedaron los. Novellas en medio de aquella irritada multitud que se precipitó sobre ellos con propósito de matarlos. Desenvainaron las espadas, se defendieron como pudieron, y refugiándose á una casa cercana fueron allí cogidos, y muertos de heridas dadas con todo género de armas. Y tal debió ser el odio que Ies tenian, y tal la saña de aquel pueblo desatentado y furioso, que sus cuerpos mutilados y sangrientos que-daron allí abandonados de amigos y de parientes, y sin que en mucho tiempo nadie se atreviera á recoger sus cadáveres, «porque cualquiera piedad, dice Ar-gensola, era entonces peligrosa.» Despues de esto arremetieron ios amotinados al castillo que el rey tenia en la ciudad, le tomaron á viva fuerza, y atííi trataron de derribarle; pero desistieron del empeño á ruegos del registrador mayor y de otros ciudadanos pacíficos.

Vencida la insurrección de Zaragoza, pensó el rey en castigar los excesos de Teruel y la muerte de los Novellas, enviando con plenos poderes al licenciado Covarrubias, oidor de la Audiencia de Valencia, La justicia fué ejecutiva y sangrienta. Formó varios procesos, y mandó ahorcar y hacer cuartos á nueve ó diez hombres de los mas culpados, y á otros echó á galeras, perdonando á los demás. Desde allí pasó á Albarracin, donde no halló materia para castigos, antes al contrario, buena disposición para someterse á la voluntad del rey.

Ya se comprende que no desaproveoharia Felipe II esta ocasion que se le presentaba para dar otro corte á la legislación aragonesa, cercenándola en todo aquello que favorecía el desarrollo del poder y de los intereses locales; y se comprende también que Terne! debió ser objeto preferente de su encono y de sus represiones. Decidió, pues, acabar con sus fueros, dejarla inhábil para la defensa de sus libertades, extinguir en suma todo el elemento de vida propia y hacer imposible para lo sucesivo todo conato de resistencia. Envió á la ciudad al regente del Supremo Consejo de Aragón D. Martín Batista Lanuza. El asunto era ár-duo y difícil, aunque no tanto como algunos años atrás. Lanuza, ayudado de Agustín Villanueva, y del doctor Castellot, síndico de Teruel, lo arregló todo en menos ■ de dos meses, según las instrucciones y con entera satisfacción del monarca. Los escritores castellanos que historiaron aquella época, dicen que los de Teruel renunciaron voluntariamente los fueros de Sepúlveda, admitiendo el régimen general del reino.

No fueron parcos los comisionados en el ejercicio de su cometido. Como nadie podia oponerse á sus decisiones, ataron y desataron lo que quisieron. Volvieron lo de arriba abajo, transformando las leyes y or-

denanzas municipales de la ciudad y comunidad. Reconocieron los propios y las rentas, hicieron nuevos deslindes de términos y campos, de pastos y dehesas, bajo pretesto de la confusion que habian ocasionado los pleitos y revueltas anteriores y la falta de justicia, de justicia castellana especialmente. «Todo quedó en armoniosa quietud, dice Faria y Sousa (1); fué grande y general el regocijo por este arreglo; hubo fiestas y luminarias…» Pintar es como querer, pintar con el pincel de la lisonja cortesana, que llama Cfran Justicia al gran opresor de las libertades aragonesas.

CAPITULO VII.

Desde el reinado de Felipe II hasta la conclusión de la guerra civil.

I.

Con el imbécil Cárlos II feneció la dinastía austríaca, raza advenediza que recibió de manos de los Reyes Católicos la nación mas poderosa del orbe para entregarla estenuada, impotente y miserable á la Casa de Borbon. Y aquí será bueno que aplacemos á los ensalzadores de la política guerrera de Cárlos V y de la política religiosa de Felipe II, para que depuesta toda prevención de escuela ó de partido, nos digan de donde data la decadencia de nuestra patria. Aquella mentida grandeza de sus reinados encerraba gérmenes de muerte que debían desarrollarse en las épocas del apocado Felipe III y del frivolo Felipe IV. Cárlos V solo pensaba en guerras y batallas; Felipe II solo en conservar la preponderancia del catolicismo y en aniquilar las fuerzas locales del país; Felipe III en sus privados; Felipe IV en sus amores y. en sus versos; Cárlos II en nada. La degradación de la raza austríaca corrió paralela con la decadencia de la nación; y cuando aquella concluyó, era imposible que esta se levantara, porque se habian arrancado de raiz las libertades del país, y con ellas todo lo que habia en él de grande, de vivificador y de fecundo.

El último rey austríaco dejó la corona de España al duque de Anjou, que al reinar tomó el nombre de Felipe V. Con guerra continua se pasó el dilatado período que empieza en Felipe el Hermoso y termina en Cárlos II; y aun despues de extinguida aquella raza de triste memoria, nos dejó el funesto legado de la guerra de sucesión que desoló el territorio español desde 1700 á 1714. En los primeros años de la guerra fué la fortuna favorable á Felipe V; pero con la llegada á Barcelona de su competidor el archiduque Cárlos en 23 de agosto de 1705, cambió la faz de los negocios. Casi toda la antigua corona de Aragón se decidió por el último, en el ánimo y en la realidad. Ganó el archiduque la batalla de Zaragoza, y esta jornada tuvo tal trascendencia, que pocos dias despues entraba en Madrid, casi al mismo tiempo que la córte de Felipe II se refugiaba en Valladolid. (Año 1710),

La primera poblacion de Aragón que se declaró por el archiduque fué Alcañiz, que cedió á las sugestiones del conde de Cifuentes. Andaba entonces triunfan-

(1) El Gran Justicia. Véase desde el fólio 41.

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Capítulo Capítulo 6.- De la parte que tomó Teruel en los sucesos de Aragón de 1591 y 92, Segunda Parte | publicado por admin el Sunday 25 October 2009 a las 16:19
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