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tinos reconocer en Aníbal la calidad de árbitro en sus discordias con sus vecinos, y declararon que se remitian al juicio de sus aliados los romanos. Los comisarios saguntinos fueron arrojados con enfado del campo cartaginés y de la presencia de Aníbal, y en la noche inmediata comenzó las hostilidades contra Sagunto, talando sus campos y aproximando las máquinas de’ guerra para derribar y destruir sus murallas.

Tito Livio dice en el libro xxi de su historia que emprendió el sitio de Sagunto con 150,000 hombres, número que parece muy exagerado para tomar una poblacion cuyo ámbito no debiaser grande. Rastréase, no obstante,, que su territorio debia ser muy estenso, puesto que Apiano da á entender que á poco de haber salido de la tierra de Turba, ya comenzó á talar el campo saguntino; y Tito Livio revela lo mismo cuando pondera lo mucho que habia prosperado Sagunto. El rio Mijares en su parte superior trazaba la línea divisoria entre la jurisdicción de Turba y el territorio saguntino.

• Llegó á Roma la noticia de aquel sitio que conmovió profundamente al Senado; pero en vez de un ejército envió diputados á Sagunto, para retraer á Aníbal’ de su empeño, como si fuera tiempo de negociar estando ya empezada la pelea. Aníbal dió respuestas equívocas á los enviados de Roma, y siguió adelante en las operaciones del sitio. Desalentados, pero no descorazonados, debieron quedar los saguntinos al penetrarse de la tibieza de sus aliados; defendiéronse con indecible valentía, ya cuando rechazaban los asaltos, ya cuando atacaban al cartaginés en su mismo campamento. En uno de los muchos asaltos infructuosos, recibió Aníbal una herida que le obligó á retirarse de la pelea. Nueve meses duró el sitio, sin qae desmayara hasta el postrer instante el ardimiento de los saguntinos. Sí grande fué la entereza de los sitiados, no era menos la perseverancia de los sitiadores/ Toda clase de máquinas guerreras se ensayaron para acabar con el pueblo saguntino. El ariete daba con su ferrada cabeza golpes formidables sobre el muro, cuyos sillares sacaba de quicio, y la catapulta arrojaba por encima de la muralla enormes piedras que caucaban horrendos estragos. Ultimamente se recurrió á una de las máquinas mas poderosas de aquel tiempo. Aníbal hizo levantar una alta torre de madera, cuya elevación sobrepujaba á las murallas de la ciudad, y desde allí abrumaba á los sitiados con cuantos proyectiles se habían ^inventado hasta entonces.

Ya las balistas,- catapultas y arietes iban quebrantando la muralla: varias brechas se abrieron al ñn, y lanzáronse en tropel los sitiadores; pero se estrellaron en un muro mas inexpugnable todavía que los que habian derribado; en los pechos de los saguntinos. Tanto heroísmo debia ser inútil. Con la corazonada de que se acercaba su esfcerminio , dispusieron una hogaera en la cual fueron hacinando todas sus joyas y tesoros, y en la última noche que les quedaba libre, dispusieron una salida desesperada. Toda la noche estuvieron combatiendo, y al rayar el alba, conociendo las mujeres de Sagunto que no habia esperanza de salvación, y viendo á sus maridos muertos ó exánimes, pegaron fuego á la hoguera, apuñalaron á sus peque-

ñuelos, y coronaron los portentos de aquel sitio memorable arrojándose ellas, mismas en medio de las llamas. Poco despues, de la que habia sido una poblacion rica y floreciente, solo quedaban ruinas ennegrecidas y cadáveres calcinados por el fuego.

La toma de Sagunto debia considerarse como una .desgracia, tanto mayor, en cuanto era el primer golpe que habia recibido la veneración con que los aliados de Roma habian mirado siempre su fidelidad y el afan con que acudía á la defensa de sus intereses. Así fué que produjo estremada sensación en Roma, y que luego que el Senado hubo convocado al pueblo, quedó decretada la guerra por unanimidad, sin conceder á los cónsules sino muy pocos dias para salir á campaña. Como la guerra, debia, hacerse simultáneamente en Africa y en España, dos fueron los cónsules elegidos para ponerse al frente de las legiones. A Publio. Escipion cupo la España, á.Sempronio el Africa con la Sicilia. Y hé aquí por segunda vez á los dos pueblos rivales, uno en frente de otro, dispuestos ambos á aniquilar á su adversario.

V.

Romanos y cartagineses tomaron al mismo tiempo la ofensiva, pues era tanto el ódio que se profesaban, que no les daba aguante para esperar la acometida. Cuando Aníbal se adelantaba sobre el Ebro para trasladar la guerra á Italia, ya los romanos tenían un ejército en Sicilia para guerrear en Africa. Para combatir en España, los cartagineses tenían una superioridad incontestable sobre los romanos. Aquellos tenían muchos aliados entre los pueblos indígenas; los romanos solo contaban con la amistad de las colonias griegas, que naturalmente debia entibiarse despues de la catástrofe de Sagunto.. Conocían los cartagineses el país, al paso que para los romanos era casi desconocido por completo. Para el mantenimiento de las tropas, tenían los cartagineses almacenes de víveres en Cartagena; para el caso de un revés, podían recibir prontos socorros de Cartago; para toda clase -de descalabros, contaban con muchas plazas fuertes donde guarecerse. Nada de esto tenían los romanos. Así es que la guerra empezaba en condiciones desfavorables para ellos.

A la primera ojeada comprendió el Senado romano la verdadera situación de las cosas, y nombró embajadores para que pasaran á España con el objeto de hacer alianza con los naturales del país. Poco afortu-tunados fueron en estas tentativas, porque á escepcion de algunos pueblos de Cataluña que moraban junto al Segre, en todas partes fueron recibidos con menosprecio. «¿Cómo, les decían, os atreveís á solicitar nuestra alianza, vosotros que habéis dejado que Sagunto sucumbiera?» En tanto Aníbal, que despues de la toma de Sagunto se’ habia retirado á Cartagena para acelerar los preparativos de marcha, reunió todas sus fuerzas, y en la primavera del año siguiente se puso en movimiento á la cabeza de cien mil infantes, doce mil caballos y cuarenta elefantes, atravesó el Ebro, y.se dirigió á los Pirineos, desde donde atravesando el Mediodía de las Galias, intentaba trasponer los Alpes para caer como una avalancha sobre Roma.

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Capítulo Capítulo 1.- Desde la llegada de los fenicios a España hasta la invasión de los godos, Segunda Parte | publicado por admin el Sunday 25 October 2009 a las 16:32
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